En los salvajes, los débiles de cuerpo y mente pronto son eliminados, y los que sobreviven presentan por lo general un estado de salud vigoroso. En cambio, nosotros, los hombres civilizados, hacemos todo lo posible para frenar el proceso de eliminación; construimos asilos para los imbéciles, los tullidos y los enfermos; decretamos leyes para los necesitados, y nuestros médicos aplican toda su habilidad a salvar la vida de cada uno hasta el último momento. Hay razones para creer que la vacunación ha conservado la vida a miles de personas que, debido a una constitución débil, habrían sucumbido anteriormente a la viruela. De esta manera, los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagan su estirpe. Nadie que se haya dedicado a la cría de animales domésticos pondrá en duda que esto debe ser muy perjudicial a la raza humana. Es sorprendente con qué rapidez la falta de cuidado, o la atención mal dirigida, conduce a la degeneración de una raza doméstica; pero, excepto en el caso del propio hombre, es difícil encontrar alguien que sea tan ignorante que permita que sus peores animales se reproduzcan.
La ayuda que nos sentimos impelidos a dar a los desvalidos es sobre todo un resultado incidental del instinto de simpatía, que originalmente se adquirió como parte de los instintos sociales, pero que posteriormente se volvió, de la manera que se indicó antes, más tierno y más ampliamente difundido. Tampoco podríamos detener nuestra simpatía, incluso si lo reclamara la razón pura, sin el deterioro en la parte más noble de nuestra naturaleza. El cirujano puede endurecerse mientras realiza una operación, porque sabe que actúa por el bien de su paciente; pero si intencionadamente abandonáramos a los débiles y desvalidos, sólo podría ser por un beneficio contingente, con un mal abrumadoramente presente. Por ello hemos de soportar los efectos indudablemente malos de que los débiles sobrevivan y propaguen su estirpe; pero parece que hay al menos un freno que actúa uniformemente, a saber, que los miembros más débiles e inferiores de la sociedad no se casan tan libremente como los sanos, y este freno podría aumentarse indefinidamente si los débiles de cuerpo o mente evitaran casarse, aunque esto es algo más de desear que de esperar.
- Charles Darwin, El origen del hombre
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Tengo la impresión (correcta o incorrecta) de que los argumentos propuestos directamente contra el cristianismo y el teísmo carecen prácticamente de efecto sobre el público; y que la libertad de pensamiento se verá mejor servida por una gradual elevación de la comprensión humana que acompañe al desarrollo de la ciencia. Por tanto, siempre he evitado escribir sobre la religión y me he circunscrito a la ciencia.
- Charles Darwin, Autobiografía
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